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Las porteadoras de Ceuta, a cuestas con el conflicto diplomático España-Marruecos

A modo de ejemplo, para que veáis el tipo de periodismo de investigación  que hacemos y nos gusta realmente hacer, os pasamos gratuitamente este reportaje que realizamos mi compañero Manuel Montero y una servidora en Ceuta. A partir de aquí, pedidnos lo que queráis y dónde queráis. Esperamos que os guste leerlo.

Fotos: Manuel Montero

Texto: Elisabeth G. Iborra

7 de la mañana. Frontera de El Tarajal, aduana legal entre Ceuta y Marruecos, por donde pasan coches y personas, a las que la Policía Nacional pide su documentación mientras que la Guardia Civil controla las mercancías que intenten pasar. En un lateral, un pasillo lleva al polígono comercial donde están los almacenes de ropa, comida, ferretería, etc. de los comerciantes, la mayoría musulmanes, afincados en Ceuta. Estos pidieron hace años a la Delegación del Gobierno que abriera un paso alternativo a la frontera del Tarajal, cerca de sus negocios, para pasar la mercancía al país vecino. Y esta construyó esa especie de túnel enrejado bastante estrecho que conecta Ceuta con Marruecos, sí. Problemilla: Las mercancías no se pueden pasar en carretilla o similares porque la legislación marroquí estipula que una persona puede pasar por la frontera todo lo que aguante su cuerpo mientras no toque el suelo; de hecho, en la frontera de Melilla ocurre lo mismo.

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Ahí es donde las mujeres (habrá un 10% de hombres) se convierten en mulas que empezaron cargando mercancías en los almacenes del polígono pero han acabado surtidas por ciertas organizaciones mafiosas de marroquíes que aprovechan el conflicto diplomático sobre la soberanía de las colonias para hacer su agosto y han usurpado su trozo del pastel a los comerciantes legales, pues ya no venden como antiguamente y, en muchos casos, están sirviendo de almacenes para guardar los bultos de las porteadoras.

La raíz del problema es que España y Marruecos no llegan a un acuerdo para legalizar el paso del Biutz porque instituirlo como paso fronterizo de tráfico de mercancías con su correspondiente control aduanero, pidiendo documentación y aranceles, supondría reconocer que Ceuta es española. Y eso España no lo va a hacer, aunque esté en territorio marroquí y a Inglaterra le reclame Gibraltar por estar en territorio español. Desde luego, a Marruecos eso no le convence. Ni le conviene, por lo que advierte un policía: “Hay una mafia  a todos los niveles de la administración, policías, aduaneros… desde el más chico hasta el más grande”.

Por lo que respecta a España, Antonio Gómez, asesor de Gabinete de la Delegación del Gobierno, aclara que “a Ceuta esto no le genera ningún ingreso ni beneficio, en todo caso nos genera gastos en servicios, en seguridad, así que no tenemos ningún interés en perpetuar la situación, más allá de sustentar a 30.000 o 40.000 familias que sostienen la pequeña economía en esa zona del Norte de Marruecos para ayudarlas a salir de la pobreza”.

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Por lo demás, parece pintar poco. Marruecos marca la pauta hasta tal punto que los policías españoles de la Unidad de Intervención Policial destinados a la zona por turnos rotativos se quejan: “Estamos a merced de lo que diga Marruecos, tenemos que dirigir esto según nos den órdenes de que ahora pasen comida, luego textil o artículos de limpieza,  o bien les dé por parar todo el tráfico en función de sus intereses, y entonces nos echan el marrón a nosotros, porque tenemos que bregar con todas las porteadoras que se nos acumulan aquí”.

En efecto, mujeres y hombres de todas las edades acuden desde sus aldeas en Marruecos para cruzar la frontera legal del Tarajal, y a continuación dirigirse al polígono comercial a que los organizadores de las mafias marroquíes, les carguen al lomo unos bultos enormes de hasta 150 kilos. (Aunque la Delegación del Gobierno asegura que actualmente los bultos son más pequeños). Las porteadoras se los atan con una soga que agarran a la altura del cuello, con el consiguiente riesgo de ahorcarse si les vence el peso. Y así, como caracoles gigantes, reptan hacia la verja que representa la entrada del paso del Biutz.

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Ahí es donde intervienen los efectivos de la Policía Nacional, que gritan “fuera, ahí atrás”, al tiempo que dan con sus porras a las ‘mulas’, con perdón, que se hacinan nerviosas en filas esperando a que les permitan acceder a la frontera. Unos cuantos marroquíes, los intermediarios, las organizan, les ayudan a recolocarse las cargas, como pastores, y colaboran con la Policía para que no se descontrolen. Porque si lo hacen, reciben. Normalmente, las porras recaen sobre los bultos de las mujeres (mucho más que sobre los de los hombres), aunque algún porrazo se puede escapar hacia la carne y el hueso de las mismas.

Es lo que denuncian decenas de Ongs que firmaron la Declaración de Tetuán en 2012, que exige “una acción decidida de las autoridades para acabar con los abusos policiales incompatibles con un estado de derecho: violencia, golpes, abusos, sobornos, medidas arbitrarias, requisamiento de mercancías sin motivo, etc., castigando, si es necesario, a los culpables de tales violencias pero, sobre todo, vigilando el respeto escrupuloso de la dignidad de las personas por parte de las fuerzas policiales”.

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Esta redactora tuvo ocasión de presenciar el ensañamiento de una mujer policía para con sus congéneres marroquíes. A una la tiró al suelo de tal forma que quedó como una cucaracha patas arriba con la carga que le impedía levantarse y la soga atenazándole el cuello, cogió otra caja más pequeña que se le había caído y la empezó a rajar con el cúter, sacando de su interior latas de conservas que le iba tirando mientras le gritaba: “¿Esto qué es, guarra?” Cuando se cansó de esta tarea, se dirigió a ella con el cúter y la amenazó: “Yo te mato, me oyes, te mato”. Mientras tanto, la mujer chillaba medio asfixiada y las compañeras intentaban ayudarla. Como ni por esas la policía paraba de ensañarse, todos los marroquíes empezaron a silbarle y a gritarle para que dejara de pegarles y de rajarles los bultos con el fin de tirarles la carga al suelo a las porteadoras.

Entrevista a la agente en cuestión: “¿Me puedes decir por qué les pegas? ¿te importa explicarme por qué les pegas?”. Sin respuesta, sólo resoplidos, hiperventilando como si estuviera conteniendo los nervios para no pegarme.  A Andrés Carrera, ex secretario general del Sindicato Unificado de Policía (SUP) no le constan los malos tratos: “No lo he observado cuando he estado allí y si lo hubiera visto, lo habría denunciado. Sólo puedo decir que habrá algunos que, como en todos los gremios, pierden los nervios”. Pero no se hace nada, como creería la portavoz de la Delegación del Gobierno: “Si hay agentes que se exceden con los porteadores, la Policía tiene sus mecanismos de control y de denuncia; tienen que poner orden, y si alguno se excede, pues de todo hay, pero uno no hace al resto. También muchos porteadores se exceden y agreden a los policías”. Aun sin querer, confirma un agente: “Esto es impresionante, todos los días igual, y como no estemos muy organizados, arrasan, a algunos compañeros los han arrollado, no ven nada. Lo llevamos con mucha paciencia e intentando organizar esto lo mejor posible para que no haya avalanchas”.

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Su compañero señala: “La verdad es que como no empieces a rajar las cuerdas de los bultos para que les caigan al suelo, no paran y se llevan por delante lo que haga falta, sea una anciana o un policía. La única forma de pararlos es formando una barrera con los propios bultos. Esto es inhumano”. Y lo es para todos: “Nosotros seguimos instrucciones de Delegación del Gobierno, tenemos el uniforme chorreando en sudor y cada día nos tenemos que poner uno nuevo, y más con el clima que hace aquí”.

Por alusiones, desde que en 2009 murieron aplastadas dos porteadoras en una avalancha, la Delegación del Gobierno, tomó “medidas drásticas: menos porteadores simultáneamente, que han pasado de 4.500 a 1.500 al día, y que los bultos estén limitados al tamaño del cuerpo, no como antes que podían pasar hasta 150 o 160kg. Se establecieron otros circuitos, y no cesamos de batallar con los empresarios de allá porque no les gusta que pasen por allá pero tampoco quieren que se cierre el paso porque se les acaba el negocio”.

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En Marruecos es peor

Pero el maltrato policial no acaba en España. Por lo visto, los malos tratos son infinitamente peores y generalizados, en absoluto excepcionales, en el lado marroquí. Cabe explicar que al otro lado del túnel, se encuentra la aduana de Marruecos, donde sí que hay que pagar aranceles, en concreto, de 10 a 15 euros por paquete. Dentro del túnel se sitúan algunos gendarmes marroquíes, en teoría para encauzar y controlar a los porteadores/as. Quienes, para eludir la frontera  y evitar perder tanto dinero, aceptan el soborno al que les someten a cambio de que les dejen salir antes del túnel para llevar la mercancía monte a través, hasta el mercado más cercano, donde sueltan el bulto en manos de los organizadores, que los trasladarán a los zocos de Tetuán, Castillejos, Casablanca, Tánger, etc. para vender la mercancía más cara.

El Medhi, basurero del polígono, explica: “De los 5€ que les pagan por viaje, las porteadoras tienen que dar un euro de sus ganancias para sobornar a la policía marroquí. Le dicen: ‘toma’. Y ellos las dejan pasar”. O se lo cobran en carnes, cuenta un testigo presencial: “A poco que las chavalas sean jovencitas, se arriesgan a ser llevadas a la garita de la policía marroquí con la excusa de registrarlas. Allí no hay matronas como en la Guardia Civil que se encarguen de registrar a las mujeres, son los policías varones los que las tocan. No te puedes ni imaginar los “porrazos” que pegan, esos sí que no se cortan nada, les dan lo mismo los derechos humanos”.

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Ante esto, las víctimas muestran una sumisión absoluta, tanto que si te dan un golpe con el bulto en plena avalancha, te piden perdón. Lo cierto es que en las calles del polígono se forman unos tapones impresionantes ante la verja porque todas quieren entrar las primeras, para descargar y volver a pasar de nuevo, pues cuantas más veces vayan y vuelvan, más dinero ganan. Así que después de descargar vuelven sobre sus pasos hasta la frontera del Tarajal y se cargan de nuevo cajas de ropa o de: ruedas de camión, patatas Pringles a mansalva, latas de gasolina o de aceite, aerosoles, detergente, papel higiénico, galletas, anacardos, palillos para las orejas, Cheetos, tisúes, cervezas, Nesquick, atún Isabel… O de piezas robadas de motos que luego serán recompuestas en algún taller mecánico marroquí. O de 10 antenas parabólicas grandes, lo que, a 10kg. cada una, supone 100kg sobre sus espaldas que las obligan a ir totalmente inclinadas. En esa posición, se ve a mujeres de 90 años e incluso a embarazadas como la que un día dio a luz en plena frontera. Literalmente, se le cayó el niño y lo tuvo que recoger un agente.

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